En algún punto, la arquitectura empezó a explicarse mal. Se volvió muy buena mostrando cómo se ve un espacio, pero dejó de explicar lo más importante: cómo funciona en la vida real. Y cuando eso pasa, su valor se vuelve confuso. Porque la arquitectura no es solo forma. No es solo imagen. Es algo mucho más simple y más exigente: entender cómo vivimos, decidir con qué se construye y hacerse cargo de lo que pasará con el tiempo. Habitar un espacio no es solo estar ahí. Es usarlo todos los días. Es adaptarlo. Es vivirlo.